El síndrome del impostor sucede cuando somos incapaces de creer en nuestra propia competencia. No somos capaces de aceptar nuestros logros y sufrimos un miedo persistente de ser descubiertos como un fraude.
Suele manifestarse en bailarines avanzados que piensan que son peores de lo que objetivamente son, que el baile es fácil para todos y que no merecen la posición que ocupan. Como ellos mismos pudieron desarrollar esta capacidad, piensan que es así en todos los casos, y olvidan los años de entrenamiento y estudio que les han permitido progresar.
A veces el síndrome del impostor se considera la otra cara del efecto Dunning-Kruger.




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