Aunque seas un bailarín avanzado, es posible que detestes contemplar tu propio baile. Y es que los bailarines con experiencia, al igual que otros artistas, nunca disfrutarán de su obra de la misma forma en que puede hacerlo el público. Es la llamada "maldición del artista".
Se parece al "síndrome del impostor" pero tiene una diferencia fundamental: con el síndrome del impostor pensamos no estar suficientemente preparados, mientras que con la maldición del artista reconocemos nuestro esfuerzo, pero no disfrutamos de nuestra obra porque la conocemos demasiado bien.




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